La evolución del paisaje a lo largo de la historia del arte puede estimular diferentes reflexiones más allá de las estéticas, entre ellas, una sobre el futuro del planeta. Esta es la idea central de la exposición Naturalezas Vivas que se presenta hasta el 27 de septiembre en el Centro Niemeyer de Avilés. El relato se apoya en más de un centenar de obras de distintas épocas y lenguajes artísticos, con préstamos de museos como el Prado, el Reina Sofía, el Thyssen, el IVAM o el de Bellas Artes de Asturias e instituciones como el Banco de España, la Fundación Telefónica, la Fundación Sorigué, la Universidad de Oviedo, el ICO o el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. La nómina de creadores representados incluye a Juan de Arellano, Joaquín Sorolla, Salvador Dalí, Joan Miró, Benjamín Palencia, José Guerrero, Antoni Tàpies, Rafael Canogar, Robert Rauschenberg, David Hockney, Bill Viola, Miquel Barceló, Jaume Plensa, Isabel Muñoz, o Sebastião Salgado, entre otros. El diálogo entre generaciones, disciplinas y sensibilidades evidencia la capacidad del arte para anticipar preguntas esenciales sobre el territorio, la identidad, la memoria y el futuro del planeta. La comisaria de la muestra, María Toral, nos da aquí las claves del proyecto.
¿Qué convierte a Naturalezas Vivas en un tema pertinente en estos momentos? Esta exposición, organizada con motivo de la I Bienal Climática, propone una reflexión sobre el futuro del planeta a través de una mirada retrospectiva que nos permite comprender el presente. Tradicionalmente, en el arte hablamos de ‘naturaleza muerta’, pero aquí invertimos el concepto: buscamos reactivar nuestra conexión con el entorno y resaltar que somos parte de ella, no sus dueños, como decía William Shakespeare: “Naturaleza presta y no regala, y, generosa, presta al generoso”. Hemos seleccionado más de un centenar de obras que abordan cuestiones como el ecosistema, los fenómenos atmosféricos, la gestión del agua, la agricultura, la ganadería, el transporte, la planificación del territorio, la biodiversidad, las infraestructuras energéticas o los recursos naturales. Todo ello con un propósito claro: contribuir a que lo declarado en la Carta Mundial de la Naturaleza de 1982, firmada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, trascienda el ámbito declarativo y se materialice en acciones concretas. Como en ella se afirma: «toda forma de vida es única y merece ser respetada, cualquiera que sea su utilidad para el hombre, y con el fin de reconocer a los demás seres vivos su valor intrínseco, el hombre ha de guiarse por un código de acción moral». Luchemos por ese código.

La exposición analiza la idea del paisaje como construcción física, cultural y emocional. ¿Qué aspectos llamarán más la atención del espectador? Creo que el propio planteamiento de la exposición. Resumir la evolución, o la involución, del paisaje es un reto. A partir de esta premisa, el recorrido se articula en tres secciones —El origen, La mano del hombre y El retorno y la reconciliación—, vertebradas en torno a la noción de la naturaleza, no solo a través del paisaje sino a también de los seres vivos que la configuran y de los frutos que nos da. Se dispone así un espacio que nos invita a la introspección y a reconsiderar nuestro lugar en el mundo, no como meros espectadores. Es decir, la idea es que el visitante entienda que el arte, la filosofía, la literatura, se han volcado siempre en la naturaleza y en la posición del ser humano dentro de la misma. En la muestra no solo vemos pintura, escultura, videoarte, instalaciones, dibujos… también grandes pensadores nos van guiando a lo largo de este camino. Por eso se inicia con un mensaje claro con la fotografía Enjoy the collapse del grupo DEMOCRACIA y termina con la obra The End, del colombiano Gonzalo Fuenmayor que sirve de colofón, incluyendo textos y frases, algunas tan contundentes como la de Rabindranath Tagore: “La tierra es insultada y ofrece las flores como respuesta”.
Se exhiben obras de más de cien artistas de distintas épocas y lenguajes. Desde el inicio de la existencia el ser humano ha necesitado el arte para manifestar su lugar en el mundo mediante lo que encontraba en la naturaleza, ya fueran paisajes, animales, flores, frutos… En esta exposición las obras dialogan entre sí y se enriquecen mutuamente, aunque sus autores crearan desde la más absoluta individualidad y, en muchos casos, separados por siglos de distancia. Resulta fascinante comprobar cómo Daubigny, una de las figuras clave de la Escuela de Barbizon, puede compartir espacio con Sean Scully y convivir con total naturalidad en una misma sala. Lo mismo sucede con Esteban Vicente y Robert Rauschenberg, o con Carlos de Haes junto a Bill Viola e Isabel Muñoz. Incluso Juan de Arellano encuentra un inesperado punto de encuentro con David Hockney.

Las obras abordan cuestiones como el ecosistema, los fenómenos atmosféricos, la gestión del agua, la agricultura, la ganadería o la biodiversidad, entre otras muchas. ¿Qué planteamientos considera más interesantes y visionarios de los plasmados por los artistas en sus obras? Desde hace siglos, el arte ha abordado estas inquietudes desde perspectivas plurales e interdisciplinares. En muchos casos, incluso se ha adelantado a su tiempo. Un ejemplo paradigmático es el del pintor y biólogo Ernst Haeckel, quien acuñó en 1866 el término «ecología», definido como el estudio de las relaciones entre los organismos y su entorno.
Ese mismo año, el geógrafo Élisée Reclus profundizó en esta cuestión en su ensayo El sentimiento de la naturaleza en las sociedades modernas, donde aborda la compleja relación entre los seres humanos y el medioambiente en el contexto de la acelerada industrialización y urbanización del siglo XIX. Un siglo antes, Immanuel Kant ya había planteado que la contemplación y preservación de la naturaleza contribuyen a la humanización de las personas, algo que me gustaría resaltar tras los terribles incendios de este verano y que me ha llevado a pensar directamente a las declaraciones que hizo en la radio Ángel, un peón forestal, quien, al hacer un llamamiento a amar y proteger nuestro entorno, afirmaba: «El paisaje es fundamental para construir una identidad; si perdemos los paisajes, estamos perdiendo parte de nuestro ser». Todo ello se relaciona directamente con uno de los principales objetivos de esta exposición: poner en valor uno de los mayores poderes del arte, su capacidad para comunicar, emocionar y generar conciencia. A través de la selección de estos creadores es posible rastrear la evolución de los valores atribuidos a la naturaleza, no solo desde una perspectiva occidental, sino incorporando también otras miradas. Ese recorrido permite comprender cómo la representación del entorno ha evolucionado hasta convertirse, en muchos casos, en un reflejo de las amenazas ambientales contemporáneas y en una poderosa herramienta de sensibilización y educación. [Hasta el 27 de septiembre. Centro Niemeyer, Avilés. Centroniemeyer.es]

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